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Un edificio con vacíos excavados en el volumen que tamiza la luz con la referencia de la textura pétrea utilizada en el edificio

El edificio destinado a futura Facultad de Medicina es un proyecto independiente que se amolda a las dos escalas genéricas que existen en el solar situado en el perímetro del recinto hospitalario; por un lado, el cuerpo de acceso similar al de otros edificios del complejo hospitalario, por otro, el volumen principal que se afirma frente al paisaje abierto que lo rodea. Un volumen compacto de 67,90 x 33,40 m contiene una pieza baja de doble altura, donde se define la entrada mediante un patio abierto a norte, que recoge la estrecha conexión actual del solar con el recinto hospitalario.

En él se alojan los espacios comunes del pabellón: el vestíbulo, la cafetería, la administración y el salón de grados. Sobre ellos se macla una pieza de cuatro alturas estructurada en unidades docentes. El gran volumen horizontal aparece como una pieza compacta en piedra dorada del lugar donde los diferentes espacios se articulan transversalmente alrededor de vacíos abiertos que sirven como referencia exterior de los espacios interiores, valorados como piezas independientes (Biblioteca, Aulas, Salón de Grados, etc.).

Todos estos espacios se cualifican mediante un tratamiento diferenciado de la escala, la luz y el material. Así, el espacio de vestíbulo surge del enfrentamiento entre dos vacíos de diferente carácter, uno de 15 x 15 x 15 m (interior) y otro de 9 x 9 x 6 m (exterior), que lo comprimen y tensionan verticalmente. La transición entre los sucesivos episodios –vacío (espacio de acceso), espacio vertical de vestíbulo, y vacío (patio interior)– cada uno con sus propiedades, marca el tempo espacial del proyecto. El espacio central cose los usos públicos en la planta de acceso – salón de actos, cafetería y aulas – con la biblioteca en planta primera.

En el resto del edificio se dispone, según el eje longitudinal, los diferentes departamentos universitarios que son iluminados a través de los vacíos excavados en el volumen que se envuelven con una segunda piel serigrafiada en dorado, que tamiza la luz con la referencia de la textura pétrea utilizada en el edificio, evocando un diálogo entre los modos de limitar el volumen, entre una piel transparente y otra opaca. El revestimiento de piedra continúa un tratamiento iniciado en otras áreas reformadas en el centro, pero se identifica por su propio valor material, un valor que se persigue como elemento de cualificación de edificios demasiado sometidos habitualmente a las condiciones funcionales de uso, pero cuya imagen requiere, tantas veces, el vigor formal que se obtiene de la piedra.


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